North of England Way, Chester (2/3)

CHESTER

LLUVIA DE SIGLOS Y UNA SONRISA SIN GATO, texto y fotos por P. Plant.

Me hallaba refugiado de un chaparrón interminable en una de esas galerías que, en Chester, llaman The Rows. Engullía un cherry muffin tras una pinta de Bombardier.

La Bombardier es una típica cerveza inglesa, amarga y sedosa, muy popular. Al igual que el muffin, que es en realidad más apropiado para acompañar al té o al café, le entra a un profano feliz como yo a cualquier hora del día, sin orden ni concierto. Inglaterra está sembrada de muffins y tiradores de cerveza por doquier, y es común dejarse provocar por ellos. Por otra parte, al no adaptarme a los usos culinarios ingleses, tanto por sus horarios como por sus chocantes elecciones (véase el ‘english breakfast’, para empezar), entré por unos días en una caótica dinámica de improvisación a deshoras. Y en medio de este caos alimenticio, la líquida cordura de la Bombardier siempre me asistía.

Para un adicto a las cervezas belgas, especialmente las negras de tradición trapense, la inglesa puede resultar poco intensa, algo aguada (encuentren en nuestro país a la ubicua John Smith´s para hacerse la idea, si bien ésta es una smooth, no una bitter); sin embargo, al lado de las pilsen internacionales, ganan mucho en carácter. Se acostumbra uno a su proverbial amargura con rapidez.

Llovía en Chester, decíamos. Llovía en todo el condado de Cheshire como todos podemos imaginar. Y mientras acababa de chuparme los dedos del rojo sabor de la cereza, escuché venir esa graciosa cancioncilla que comienza: “She was a working girl/ North of England way…”

Ahí me dí cuenta definitivamente de que, en el norte, en cuanto te quedas parado se aparece alguien. De repente, así, como aquel sonriente Gato de Cheshire, que a veces era sólo una sonrisa sin gato y tanto extrañaba a Alicia.

Este Gato en cuestión era un cantante cubano de Nueva York, llamado Elsten Torres. Y para cumplir con las costumbres de mi viaje, le propuse directamente que pasáramos el día juntos.

Elsten venía de Liverpool, de rendir tributo a los Fab Four. Hablamos un poco de Miami Beach, donde vive, mientras calentaba sus ateridas manos en una taza de té, y yo entregaba mi ser ya casi por completo a una tercera o cuarta pinta de Bombardier. “Elsten, muchacho, coincidirás conmigo en que Chester es prácticamente igual a Miami Beach, pero sin palmeras”. “Sí, eso y lo de manejar por el otro lado de la carretera, nada más”, apostillaba él, con media sonrisa gatuna.

Chester fue fundada para una legión romana junto al río Dee en el año 79, con el nombre de Deva, a la que algo más tarde se le añadió Victrix. Después sólo quedó en su nombre su condición de campamento fortificado (castrum), como otras ciudades inglesas cuyo nombre termina en –chester o -caster. Podemos visualizar cómo, en el mismo día que Herculano y Pompeya sucumbían a la ira del volcán, aquí en el norte se trazaban con un arado las marcas de la muralla que, en parte, sigue en pie.

El cielo inglés se apiada por un rato, y damos un largo paseo. Hay que ir con cuidado, en Chester. Los siglos saltan de fachada en fachada como ranas en el río Dee. Hay, alineados y salteados, edificios que abarcan desde el siglo XIII al XX. Arquitectura popular o culta, con sus respectivas referencias al país o al gusto internacional; también esas variedades típicas que muestran a la vez ambas facetas, como serenos georgianos o los victorianos, que a su vez contienen opciones antagónicas entre sí, chorreando descaradamente discursos estéticos que pretenden ser definitivos.

En los edificios religiosos encontraremos, además, algunas muestras de la expresión refinada del periodo Tudor (echando de menos en la ciudad la rara, preciosa y más bien campestre variante culta del Elizabethan Style), además de las tres épocas del gótico, y, oculto bajo ornamentos posteriores, el arte normando.
Ahí me di cuenta de que García me había enviado, efectivamente, a lo que siguió a la colonización cultural normanda: Inglaterra. Y eso es Chester. Inglaterra, ni más ni menos.

A la larga, y tras un tiempo de separación de clases y privilegios, los normandos y los anglosajones habían unido sus tradiciones y sus lenguas (entiéndase esto en sus dos acepciones), dando lugar a Inglaterra, al inglés y a los ingleses. Brava yunta de la que dicen, mana ese carácter indómito, que no sólo no permitirá ninguna invasión más, sino que llegará a dominar política y económicamente al 25% de los habitantes del planeta en la era del Imperio.

¿Desde cuándo las islas son más seguras que las tierras continentales? ¿Cabe creer acaso que ese “espléndido aislamiento” del que nos hablaban en las clases de historia es la clave de la supervivencia de la libertad inglesa en los tiempos en que Europa quedó sometida a enajenados tiranos de ocasión? Recordando Durham, se me ocurre que la clave está en aquella mágica alternancia de pilares, y lo que representan. Si esos no caen, tampoco Inglaterra.

“Esta especie de elogio tal vez no lo sea tanto”, le comento a Elsten, malicioso, “ya que también da una imagen algo ruda de los ingleses”. “En efecto, brother”, me contesta tranquilamente; “tanto rollo y viaje se lo ahorra uno para llegar a la misma conclusión, yendo a ver un City-United”.

Volvió a llover, claramente para fastidiar, y nos dirigimos a la catedral. Otra opción era acudir a una de esas carreras de caballos, pero ya saben.

O sea, que los caballos ya saben correr solos. Pero los templos requieren ser mirados con atención para que nos puedan hacer llegar sus mensajes.

Fue Enrique VIII quien dio la orden para que esta antigua iglesia abacial incorporara las funciones de catedral. Sucedió tras el cisma con Roma, en el turbulento XVI. Exteriomente, este edificio está lleno de trampas para su lectura. Esto se debe a la reconstrucción que, en el ámbito de la corriente neogótica, sufrió en el S.XIX.

El neogótico, como estética historicista que es, reivindica los valores culturales del pasado europeo, frente a la acometida de los ingenieros de la Revolución Industrial, que están transformando el mundo con el cristal y el hierro. Y aunque los ingenieros se llevarán el gato al agua, habrá una fuerte resistencia por parte de las clases pudientes, que pagan a los arquitectos para ver reflejados en sus viejas ciudades el orgullo y la distinción de un pasado interpretado en clave romántica.

Como todavía no se habían establecido algunas normas racionales a la hora de recomponer edificios históricos, hablaremos de reconstrucción, no de restauración, al referirnos a estas ingenuas y peligrosas maniobras. Se usa la misma piedra roja arenisca de la construcción medieval, y los saltos de época se confunden en la homogeneidad de la fábrica, a no ser que alguna exagerada fantasía neogótica se descubra por sí sola.

En lo que esencialmente permanece original es en la composición general de los volúmenes, en su horizontalidad cruciforme, que la agrupa con las grandes iglesias inglesas de tradición normanda. Un segundo grupo, liderado por Canterbury, había traído la fascinación del gótico francés directamente de la fuente, con Guillermo de Sens como maestro de obras (hasta que, al caer de un andamio, se produjo un toma y daca entre orientaciones isleñas o continentales, dando lugar a una obra única). Chester pertenece al grupo inglés, con esa inequívoca impronta de estatismo modular. No en vano, debajo de esos muros, subsisten los cimientos normandos de la primera construcción.

Elsten se coloca unos auriculares para seguir la audioguía. Le van a recitar fechas y nombres por un tubo. Mientras tanto, mi entendimiento cae de rodillas ante la nave, que me sobrepasa y convierte en insecto. Y sus 108 metros de longitud, con la luz y el gran vacío del crucero de por medio, me engullen la percepción.

Los tramos de nave hasta el coro, con un sencillo alzado en dos niveles -arcada y claristorio-, denotan ese ritmo de avance del arte normando, no la verticalidad francesa. Pero todo está vestido a la moda del prestigioso lenguaje continental. Los sofisticados pilares, fasciculados y de base romboidal, multiplican iguales columnas en sus fustes. Esto no sirve para nada, ya que presentando otra forma hubieran cumplido igualmente con su misión de cargar el peso inmediatamente superior. Pero el cilíndrico ya no se lleva.

Coronando esta puesta en escena, un cielo de bóvedas estrelladas con plementería de madera. Otra elección efectista, cuando tal cantidad de nervios resulta del todo innecesaria, por el escaso peso de la madera que sostienen. Y eso hace pensar, también, en la inutilidad de los arbotantes exteriores (¿neogóticos?), que en las obras francesas son refuerzos creados para descargar los pesos hacia fuera.

La forma, y no la función, se impone. Es la voluntad ornamental del Decorated Style, la segunda fase del gótico insular, hijo del dramatismo de su siglo. Pero no lo critiquemos. El XIV es un firme candidato al más terrible de la historia de Europa, con sus guerras y pestes aniquiladoras, y merece expresarse como más le consuele.

Elsten, ya desposeído de sus cascos, y yo, seguimos la visita. Es larga. Meditamos por separado en el claustro. Ahí, al quedarme quieto, aparece una chica y se queda un rato mirándome. Me da un papelito y se va. Lo leo: “Hilton Manchester Deansgate. Room 501”

Elsten se acerca y se lo muestro, alucinado. “Ni te lo pienses, mi hermano”, responde como una sonrisa sin gato.

http://www.heyelsten.com/fr_home.cfm

http://www.chester360.co.uk/index.htm

http://www.chestercathedral.com/

http://bombardier.co.uk/

http://www.johnsmiths.co.uk/brands/extra-smooth.html

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