North of England Way, Durham (1/3)

DURHAM

EN LOS PILARES DE LA ARQUITECTURA INGLESA, por P. Plant.

Hace unos días tuve la brillante idea de viajar en coche por el norte de Inglaterra durante el puente del Queen´s Diamond Jubilee, cuando todo el mundo anda por esas carreteras huyendo de las ciudades. Y lloviendo a cántaros.

Estando detenido en la autovía, a la altura de Leeds, se me subió un hombre al coche. “¿Va usted a Durham?”, preguntó sin más. Afirmé con la cabeza. “Yo también. Lléveme. Me llamo García y he llegado aquí porque estoy soñando”. Era un profesor universitario español. “En cuarentena”, precisó. Acepté.

El largo camino estaba flanqueado por húmedos pastizales, agujas de iglesias detrás de los bosques y brumas que avanzan sobre las suaves colinas. Mientras avanzábamos mantuvimos una animada conversación sobre historia inglesa. “La antigua Inglaterra era una olla a presión”, cacareaba un energético García, embutido en mi Fiat 500 de alquiler. “Ponga britanos, añada romanos; saltéelo más tarde con anglos, sajones y jutos; no deje de espolvorear vikingos; y cuando, con el caldo hirviendo, llegue a mediados del S. XI, meta de golpe a los normandos. Tiempo total de cocción: mil años”.

Los normandos fueron gentes belicosas y muy disciplinadas, implacables conquistadores y meticulosos administradores. Y también los más audaces constructores de la Europa románica. Dejaron un fabuloso legado arquitectónico como testimonio de su creciente poder en la Cristiandad, visible en sus territorios de Normandía, Inglaterra, Sicilia y Tierra Santa.

Frente al románico del sur, que es fecundo en imaginería escultórica, con especial énfasis en las portadas y en las proporciones redondeadas de las cabeceras, el estilo normando y anglo-normando presenta una contención decorativa como seña de identidad, sobre volúmenes gigantes como cascadas de piedra. Es lo propiamente estructural lo que nutre su discurso expresivo: Edificios de naves superdesarrolladas en longitud, y una aguda verticalidad de las fachadas y los cimborrios sobre los cruceros (1), en potentes plantas cruciformes. Diseño modular en los tramos de las naves, en avance horizontal y vertical, y mejora constante de los procesos constructivos en función de las necesidades (2,3). Seriación rítmica y racional de elementos funcionales, que explican su cometido mientras se van sucediendo, generando a la vez un espacio de solemne armonía que nos contiene.

La arquitectura normanda es evolución y ciencia; también poder, ambición y orgullo. Finalmente, cuando es penetrada y transitada, crea una atmósfera de ordenada y quieta religiosidad.

La fotografía está prohibida en el interior del templo; sin embargo, el profesor García venía armado con un permiso especial -por algo estaba soñando- para moverse a sus anchas y tomar imágenes para sus clases y estudios. Y nada más que para eso, así que se negó a entregarme ni una sola para este artículo.

Y ahí estábamos, frente a ese edificio crucial, el más prestigioso de su época. El que trajo las novedades normandas y sentó las bases de la arquitectura inglesa. En el que se ensaya con éxito por vez primera la bóveda de crucería. La tumba de Cuthbertus y Beda el Venerable.

García se puso fatal ya antes de entrar, por la emoción. “Es Síndrome de Stendhal”, le insinué. “Eso es en Florencia. Esto es el Vértigo Normando”.

Los normandos traen la poliorcética a Inglaterra, la ciencia de los castillos. Junto al Castillo de Durham, la Torre de Londres es un conocido ejemplo. Traen la idea de la gran iglesia continental, de sillería, adaptando para ella la escala alargada de las antiguas naves anglosajonas, coronada con esos imposibles cimborrios que permanecerán como seña de identidad en las tres épocas del Gótico Inglés. Traen un sistema constructivo revolucionario, basado en el pilar cruciforme con semicolumnas, y aquí le añaden el arco apuntado para montar bóvedas nervadas de crucería simple.

Técnicamente, poseen ya casi todos los recursos de la construcción gótica 100 años antes de ella, sin querer en absoluto buscar la misma forma. El arte normando es de la Tierra, el gótico inglés será del Cielo. Pero ahora ya sabemos que, cuando en la Basílica de Saint-Denis el genial Abad Suger ordena desmaterializar los muros y hacerlos de luz, dando comienzo a esa nueva estética, los constructores franceses se servirán de las técnicas normandas que conducen a la bóveda de crucería, y por tanto al control de los pesos en puntos de apoyo concretos, no en la masa del muro.

En el interior, la perspectiva está conducida por el avance de los tramos, sutilmente variados en las medidas de sus crujías para adecuarlos al ojo. La nave se desarrolla ante nosotros modularmente, hacia delante y hacia arriba a la vez. El círculo acude en cada referencia formal, pilares cilíndricos, semicolumnas, arcos y ventanas geminadas de medio punto, molduras y arquerías ciegas entrelazadas. Pero al mirar hacia arriba, el arco fajón de la nave se estira discretamente, los nervios se cruzan con un leve impulso vertical, y toda la cubierta adquiere ese perfil apuntado, ligero de gravedad.

Otra novedad en Durham es la inclusión del pilar cilíndrico tallado con motivos abstractos en serie, que lo recubren ascendiéndolo. No hay palabras para expresar la atracción que desprenden, intercalados con los modernos y tecnológicos pilares polistilos de base cruciforme. Éstos reparten su fuerza en las semicolumnas adosadas, que ascienden hacia las bóvedas donde se convierten en fajones y forman a la vez tramos en las naves laterales y central. Muestran y explican el reparto de los pesos de la nave, lo cual conlleva un justo cálculo estructural.

Pero la novedad de los misteriosos pilares cilíndricos, tan alejados conceptualmente de sus compañeros polistilos, es fabulosa. Montan un turbador capitel con equino y un muy fino ábaco. El ábaco recoge el peso estructural y visual de la arcada y el muro, y marca una transición hacia el diseño vertical del pilar; aplasta al equino, que con una refinada plasticidad parece arrugarse, como si fuera de papel, al transmitir el peso hacia abajo.

Es una idea maravillosa, con una ejecución impecable. Hay en los diseños de los fustes –montados por piezas de sillería, no por tambores- cierto organicismo, en variantes helicoidales, de cheurón o zigzag, o en panal. Esto les aporta una esbeltez de la que carecían en relación a los volúmenes del edificio y a sus propias proporciones. Así como el pilar polistilo expresa dinamismo por su función, el cilíndrico expresa dinamismo por su diseño.

García les dedica un buen rato, a los pilares. Me señala cómo los polistilos, de base cruciforme, están totalmente embebidos en la estructura, trabajando en todas direcciones. Los cilíndricos, de prestaciones más reducidas, quedan exentos en el medio del tramo, contribuyendo al impulso de las arcadas, y con su correspondiente carga de muro a cuestas, pero liberados de responsabilidades indirectas. Y es así como son percibidos, individualizados, cada uno con su aura de libertad y su hermoso silencio. Como símbolos de sí mismos.

Tras Durham, esta variedad de pilar cilíndrico proliferará por todo el país, encontrándose de norte a sur en los edificios románicos, hasta quedar eclipsados ya en el gótico por la segunda generación de polistilos, los pilares fasciculados, que arrasarán en toda Europa.

“No puedes escribir sobre Durham. No tienes palabras, ni tienes espacio”, me susurra García ante la sagrada tumba de Saint Cuthbert. Y yo he decidido ceñirme al asunto primordial, al que cambia para siempre la arquitectura inglesa: el tramo con pilares alternos y la crucería. Ese lenguaje estructural, con su idea de capacidad y estabilidad.

Pero desde luego que habría mucho más por examinar. “Por ejemplo, y sin salir de la primera época del edificio, el hecho de que las primeras crucerías apoyen los nervios en las tribunas, mientras que en la central lo hagan en un cul-de-lamp”, propone García. Y justo abordando este tema, hace su aparición la encantadora Ms. Marion S. Whyte.

Con ella, gran estudiosa residente del edificio, y que rayo láser en mano nos guía hacia sus secretos, pasamos otra hora de visita. Y nos descubre las marcas de cantería, las variaciones de diseño en las tribunas, las huellas del proceso constructivo, los enigmas, y su visión de las relaciones entre Durham, Caen y Jumiéges.

Mantiene con García una apasionada discusión acerca de los pilares polistilos, que deriva en otra acerca de los cilíndricos. Ambos disfrutan de lo lindo, e intercambian información acerca de algunas variedades del románico del sur, que Ms. Whyte quiere visitar.

Y en ese momento de común fascinación, en una nave lateral de Durham, la catedral me dice al oído que pronto me marcharé. Y que ella permanecerá. El mismo mensaje que recibieron los nobles anglosajones cuando presenciaron su construcción, por parte de sus conquistadores. También la catedral representa al tiempo, ése que nos pasa por encima a nosotros pero no a ella.

“Déjeme en cualquier pueblecito de Yorkshire”, dice García a la vuelta. “Sospecho que voy a despertar, y antes quiero tomar el aire”. Le pregunto qué me recomienda para conocer en vivo el siguiente paso en la evolución del arte normando al gótico inglés. “Diríjase a Chester, buen hombre”, sugiere. Eso pienso hacer.

Durham Cathedral

http://www.durhamcathedral.co.uk/

World Heritage Site

http://www.durhamworldheritagesite.com/

Visor del Tapiz de Bayeux

http://www.bayeuxtapestry.org.uk/BayeuxContents.htm

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