KOBE Y NARA DESDE KYOTO

JAPÓN: DIARIO DE VIAJE (3), texto y fotos de Josep Pena, agosto 2011.

Pues ya hemos comido el famoso buey de Kobe. Simplemente inenarrable, aunque luego intentaré narrarlo.

Al llegar a la estación de Shin-Kobe, a unos pocos kilómetros al sur de Kyoto, tomamos un teleférico para subir a Nunobiki Habu-Köen, un inmenso jardín botánico en el mismo corazón de la ciudad. Desde lo alto del monte en el que se ubica el jardín, se divisan entremezclados las siluetas de los rascacielos, el puerto y las montañas de alrededor. Tras disfrutar de las vistas, nos lanzamos ladera abajo a través de cientos de especies botánicas de raros nombres y más raras formas, en un descenso de cuatro o cinco km que, a pesar de ser eso, un descenso, nos dejó para el arrastre. Un sol que caía a plomo y unos desniveles que te deshacían las rodillas. Paramos a medio camino frente a una cascada junto a la que había un chiringuito escondido entre los milenarios árboles y cogimos fuerzas rehidratándonos con unas cervezotas heladas, acompañadas de edamame, semillas de soja tiernas en sus vainas, para comer crudas.

Recorrido el camino de vuelta en unas dos horas (la misma distancia que recorre el teleférico en sentido ascendente en unos diez minutos) nos dirigimos a un restaurante sito en el super-hotel Anna Crowne Plaza, al lado de la Estación del JR (Japan Rail) donde prepararon ante nuestros ojos un exquisito filete de buey de Kobe, sobre cuya grasa, hábilmente separada por el cocinero, brasearon diferentes verduritas que acompañaron a la perfección los suculentos bocados de carne. Jamás he probado algo tan tierno, sabroso y delicado (¿o sí?…). El caso es que, entre el pateo y la comilona, no nos quedaron ganas de seguir el itinerario que habíamos previsto y, en lugar de ir a pasar la tarde-noche a Osaka, nos volvimos al Hotel en Kyoto y nos pegamos un soberbio baño.

Al atardecer, fuimos a pasear por el barrio de Gion, visitando templos, jardines y pagodas (que en Kyoto los hay a cientos) entre los que cabe señalar el Templo Chionin y el parque Maruyama. Es una gozada hacer el paseo desde Ponto-chó hasta Gion, a través de antiguas casitas de madera metidas entre canales y jardines que rodean las numerosas moradas de Buda. De Buda, de Bacco y de Eros… ya que la zona es también rica en bares y locales de alterne. Buscando un restaurante para cenar, encontramos, cómo no, una tiendecita de vinos y licores donde nos aprovisionamos de ambas cosas. Cenita en la habitación del hotel (no sabéis lo que dan de sí los 7-Eleven de Japón) y unas copitas en la intimidad.

Al día siguiente, cogimos otro tren a la que fue la primera capital estable del Imperio: Nara. Al llegar a la Estación, nos hicimos con un plano-guía ¡en castellano! No nos lo podíamos creer. ¡Sólo faltaba que lo hubiera también en català! Para pasar un día, lo más asequible es recorrer el área de Nara-Köen, donde se encuentran la mayor parte de los templos budistas y sintoístas, al resguardo de un bosque de ancianos árboles y que puebla una reserva de más de mil ciervos que se pasean a sus anchas por medio de los tenderetes de comida, recuerdos y baratijas que salpican la zona. Es muy divertido pasear entre reliquias inmemoriales topándose con tan bellos animales que se dejan acariciar a cambio de unas galletitas especiales que venden en los puestecillos ad hoc.

Iniciamos el recorrido pasando por un pequeño estanque donde habitan viejas tortugas, carpas doradas y otras blancas que yo juraría que han tatuado con caracteres kanji. El primer templo que se encuentra es el Kofukuji, junto a una impresionante pagoda de cinco pisos, junto a otra de tres. Nos saltamos algunos santuarios (al final acabas un poco empachado). El que no tiene desperdicio es el Templo Todaiji, el mayor edificio de madera del mundo, pese a que se incendió en dos ocasiones y se reconstruyó a tan solo dos tercios de su tamaño original. En su interior se encuentra el gran Buda Daibutsu, símbolo de Nara y lugar de peregrinación para los fervientes seguidores del llamado “Buda Cósmico” (16 metros, 437 toneladas de bronce y ciento treinta kilos de oro), custodiado en el exterior del templo por dos gigantescos guardianes de madera de fiero aspecto. Y, por último, el tercero de los ocho lugares Patrimonio de la Humanidad que se pueden visitar en este área: el Kasuga Taisha, un santuario sintoísta, sembrado de cientos de faroles que flanquean los senderos que conducen a su pabellón principal.

El paseo, que parece poca cosa, no se completa en menos de cuatro horitas, con lo que acabada la sagrada misión del viajero de ver todo lo que encuentre a su paso te deja para alimento de los ciervos. Por cierto, acabé con los pantalones rotos por la pernera (es lo que tiene eso de encaramarse a lugares imposibles para hacer fotos), de manera que me pasé el camino de vuelta a la estación con Yolanda a mis espaldas preocupado porque no se me vieran las vergüenzas, tras intentar tapar el boquete culero con tiritas que, por suerte, eran del mismo tono blanco que el pantalón. También se ayudó de un mapa y un abanico que iba alternando con gran disimulo para salvaguardar mi honrilla.

De vuelta a Kyoto y tras cambiarme de pantalones, nos fuimos a cenar a un clásico y elegante restaurante donde nos zampamos un menú de diez platos servidos en un reservado para nosotros dos y que esta vez, para vuestro descanso, no voy a narrar.

Al día siguiente, después de un viaje de cuatro horas en Shinkansen, en el descansillo entre dos vagones de los “reservados” para los “sin reserva” y aplastados por las mochilas y los sube-y-baja de los viajeros, llegamos a la estación de Hakata (Fukuoka), capital de la más meridional de las Islas principales de Japón: Kyüshü.

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